EL VIEJO FANTASMA DE SAN TELMO
La tercera es la vencida . Y fue así como, después de dos intentos fallidos por festejar la inauguración del nuevo centro de salud comunitario del barrio, el clima finalmente cedió. El agasajo se hizo esperar. El día está precioso.
La calle Balcarce, entre Humberto Primo y San Juan en pleno corazón de San Telmo en Buenos Aires, no se asemeja a otros días en los que, caminando con mi perra, nos es imposible pasar. El hedor de baño público, la caca, meo de perro y heces humanas es el perfume natural y nauseabundo de esta cuadra.
Hoy se transformó en todo lo contrario. No solo eso. Es una fiesta. La alegría se representa con una olla enorme en una cocina empotrada en la vereda, repleta de un abundante guiso de lentejas en la puerta de entrada del CESAC.
Metros más “al finalizar la calle” hay un bus adecuado con una tarima y un muchacho que da la bienvenida a vecinos, colectividades, scouts, organizaciones políticas y curiosos que pasan por allí. Mesas, stands y una especie de estallido primaveral que como ficha de puzzle combina perfecto con el jolgorio institucional.
*******
“¡Señora! ¡Me lleva! ¡Señora! ... Eran tus palabras niño. Agarradito de tus manos a esas rejas por Humberto 1ro, con tu guardapolvo color gris humo y tus manitos tan chiquitas…”
Son las palabras que bailan en loop hace más de 60 años en la memoria de Eduardo Maciel.
Él postea en un grupo de Facebook una foto donde aparece el viejo edificio del Patronato de la infancia de San Telmo y al que se suman comentarios en réplica.
*
Hoy no existen niños ni niñas detrás de esas rejas. Suplicando ser adoptados a cualquier transeúnte que los vea, que los adopte y les enseñe la anhelada libertad. Los barrotes y las paredes de concreto tienen una fachada diferente, moderna, con pintura fresca.
Sin embargo el nuevo edificio tiene memoria y como si fueran prendas colgadas al sol, hay fotos en cuerdas contando historias: las de un pasado triste, marginal y político.
También están los recuerdos del viejo Centro de Salud de la calle Humberto Primo antes de la mudanza. En el papel fotográfico se observan reuniones, asambleas, profesionales, personalidades de interés público, eventos y fiestas.
En una aparece un personaje querido por todos los niños: Papá Noel. Está sentado en una silla gigante frente a unas escalera de madera vieja. La foto revela la entrega de regalos a los niños ansiosos que esperan un juguete y además posa jocosamente ante el lente con cada criatura que recibe el obsequio.
NAVIDAD ANTES DE LA MUDANZA
Es diciembre y como hace ya varios veranos, en la semana donde el calor no da tregua, aparece un hombre de traje rojo. Tiene una espesa barba blanca que no es postiza, una barriga que corresponde al personaje que vive en el polo norte y se alimenta de chocolate caliente con masitas dulces, lleva puestos unos borcegos negros de cuero y una bolsa repleta de regalos.
Para el imaginario de los niños Papá Noel llega en un trineo impulsado por Rodolfo y los demás renos. La realidad es que nuestro Papá Noel llega al CESAC en el camión de bomberos voluntarios de San Telmo. A nuestro Papá Noel se le nota que le falta pelo y es que con los casi 40 grados de calor que hace, el gorro, varias veces se ha resbalado entre las gotas de sudor y algarabía infantil.
Juan Maidana tiene más de 60 años, ha encarnado año tras año al emblemático hombre que viaja desde Rovaniemi en el Círculo Polar Ártico del Polo Norte acompañado de sus ayudantes, pero la verdad es que viene de Sarandí.
Todos los años llega en el mismo auto que compró con sus ahorros, trás muchos años de esfuerzo. Viene con sus hijos que se suman al performance como los verdaderos ayudantes de santa. Lucen atuendos pesados, cubiertos de cabeza a pies y que completan el pesebre vivo. Se mezclan tradiciones y religiones sin miedo a ser juzgados.
Juan vivió en San Telmo muchos años atrás, donde la gentrificación y los turistas eran pocos. Donde los vecinos se conocían la mayoría y se sabía, era un barrio con cuadras picantes.
Él no olvida lo que significa ver a sus hijos crecer entre estas calles y todo lo bueno que recibió viviendo aquí. Por eso, en forma de agradecimiento transpira como un condenado cada año debajo de ese traje pegajoso por horas, y siempre, escucha paciente a los niños y niñas que con ilusión, vienen a abrazarlo más que sus propios nietos en todo el año.
Sabe que para estas infancias hoy es uno de sus días más felices, y que lo único que quieren es susurrarle al oído sus anhelos navideños. El clima es una fiesta popular.
JULIA
Entre los asistentes a la inauguración se cuela un rostro conocido. Julia.
Mi vecina del edificio está bailando al son de una chacarera en medio de la calle y con los presentes.
Julia es una mujer adelantadísima a su época. Supera los 80 años, es delgada como un spaghetti, de tez blanca, cabello como la nieve, su piel aunque ya revela su edad; no refleja y se aleja del estereotipo de abuela tradicional.
La ascendencia europea se huele. Es petisa, no supera el metro cincuenta. Siempre está impoluta. Dientes perfectos. Vive sola.
A veces alquila a estudiantes extranjeros un departamento que tiene detrás de su casa. Al ser mi vecina, sé que en ocasiones se reúne con sus amigos. Fuma, y fuma mucho. Está algo sorda. Lo sé porque escucho a la noche el televisor prendido y a todo volumen. Hace unos meses atrás, una mujer que vivía en el departamento arriba del suyo, salía al balcón a la noche a gritarle para que bajara el volumen de la caja parlanchina. Julia jamás le escuchó. La otra mujer se mudó. Toda una comedia de media noche.
Al preguntarle por su concurrencia al CESAC fue precisa.
一Donde haya música yo bailo. 一Sonríe y continua.
一Asistía al grupo de teatro del Borde.
Teatro que está en la calle Chile 630 en San Telmo.
一Pero al ser de manera independiente es difícil. Así que ahora con los que asistimos a los talleres que dan aquí, bailamos en la plaza que queda enfrente. Y se refiere a la plaza Dorrego.
一 Yo la llamo: La plaza de la democracia. ¿Sabés por qué le llamó así?. Y me mira fijamente a los ojos.
一Porque allí bailan todas las nacionalidades, los invitamos a todos a bailar. También pasan los adolescentes que se quieren hacer la rata y a ellos también los invitamos.
Al terminar se ríe con coquetería y sus ojos desaparecen detrás de los párpados cerrados por la emoción. Julia es una mujer del arte, de las tablas. Dedicó su vida al teatro. Tiene el poder de envolverte en una grandilocuencia y jerga divina. Tiene el don de la palabra y lo sabe. Se expresa correctamente y nunca va a negar que es feminista.
一Pero no feminista en contra de los hombres, dice.
***
Es el momento del recorrido dentro del edificio y Facundo Maidana, hijo de Papá Noel, y dirigente de los Scouts de San Telmo, me presenta a Eduardo Tissera para que me sume a la visita guiada. Eduardo es psicólogo, especializado en psicología comunitaria y una pieza fundamental del fruto de tantos años de lucha y organización barrial para que hoy el Expadelai sea un espacio de Salud Pública.
En un cerrar y abrir de ojos estoy dentro del claustro frío y despampanante. En total somos unas 20 personas. Todas expectantes, algunos se ríen, se murmuran, se asombran.
Los profesionales que ya trabajan allí desde hace unos pocos días, tienen el pecho hinchado. Se les nota en el cuerpo, en la sonrisa. Son quienes desde marzo del 2023 hasta septiembre 2025 en conjunto con otros empleados/as, autoridades, pacientes y la comunidad barrial lograron que este sueño se hiciera realidad. Entre ollas comunitarias, reuniones con el gobierno de la ciudad y asambleas demostraron que sí vale la pena luchar en comunidad. Estar feliz es poco por el logro que enorgullece a San Telmo y quienes ahora somos parte.
Ya a puerta cerrada se escucha afuera los bombos y trompetas de la murga que ha empezado.
Desde el hall de la entrada hasta el final del recorrido, se observa que no queda ni rastro de todo lo que allí alguna vez sucedió. O quizás sí. La única huella del pasado está en el patio interno, donde se puede ver la vieja ventilación: una chimenea alta de ladrillos colorados y octagonal; que corresponde a las primeras cloacas que se construyeron en la ciudad de Buenos Aires entre 1880 y 1920, además se enaltece como tótem virtuoso indicando que el paso del tiempo no borra todo.
En mi cabeza, el recorrido me iba a presentar una pizca de esas historias macabras que se rumorean y que están presentes en el imaginario colectivo. Cómo las escenas de la serie Argentina Okupas, donde los protagonistas iban a abastecerse de armas en la época donde este edificio estaba abandonado y tomado. El mito de Magdalena, la mujer que olía a gato, vivía escondida en los túneles y a la que todos temían. Las anécdotas de los pasadizos por donde los niños iban a la escuela, a la iglesia, al parque Lezama, etcétera.
Para mi sorpresa, todo eso quedó atrás. Enterrado.
Con nuevos pisos de cerámica blanca. Paredes blancas. Techos blancos. Luz blanca en cada pasillo. Todo allí es tan nuevo y tan blanco que sumado al aire acondicionado en frío máximo, te hiela la piel.
Es seguramente el mismo frío que años atrás albergaba en el invierno a los niños y niñas del patronato infantil entre 1903 y 1970, bajo el mando de las Hermanas de San José de Citeaux; pero que te recuerda que ahora es un centro de salud y acción comunitaria repitiendo otra vez su historia como en los viejos tiempos, donde funcionó un Hospital de Hombres y donde al igual que hoy comparte en planta baja y alta consultorios médicos.
El viejo edificio deja por fin de ser un fantasma, hoy se convierte en un punto de encuentro para vecinos y vecinas del barrio. Entre tanta gentrificación, locales de dulce de leche e imanes de Mafalda, por fin San Telmo gana un espacio para quienes habitan su viejo empedrado.
Comentarios
Publicar un comentario